Noviembre, mes de los difuntos

 

Perla Díez Arcos. 

Dichoso mes, que empieza con los santos y termina con San Andrés. Así reza el refrán popular. Y no es mala opción que se arribe al final de la meta en este mes, cuando ya se vislumbra el horizonte de caída y se transita en una zona fría, como es la paramera Molinesa. Si el camino no va a tener más etapas que sobrevivir a los fríos que se avecinan y que están garantizados ¿para qué esperar a que llegue el desenlace con el brote de la sabia primaveral? pues se va uno con la caída de la hoja y se evita los tiritones de las pertinaces heladas. Hay que añadir que la elección es del mes, pero no el próximo, ni el siguiente, ni al otro, que tarde en llegar, no le vamos a preparar la alfombra roja.

Acabo de vivir la experiencia muy de cerca, convencida de que noviembre no está mal, pero este no, aún no tocaba.

Ahora con el batiburrillo de recuerdos, de toda la vida compartida, entre ese dolor que despierta emociones, que no permiten cambiar de pantalla, he podido repasar las diferencias entre la parafernalia de las muertes de mis primeros recuerdos, al final de la década de los cincuenta y la de ahora. En el mismo lugar, en Tortuera, no hay que alejarse a las catrinas mexicanas. ¡Cómo han cambiado el recorrido desde la misma iglesia al mismo cementerio y los rituales previos!

Hace setenta años, todo empezaba viendo pasar al cura, acompañado de unos monaguillos que tocaban la campanilla e iban camino de la casa del agonizante a darle la extremaunción. Pocos días más tarde, o quizás a las pocas horas, sonaba el tañer triste de la campana. El sacristán movía a un ritmo acompasado la cuerda que hacía llorar a la campana, avisaba de que ya había terminado de padecer, no hacía falta que nadie confirmara por quién doblaban las campanas. Aunque sin demora, las mujeres salían a la puerta con su mandil remangado para ver quién sabía a la hora que iba a ser el entierro.

Ahora la noticia llega por WhatsApp. Salir a la puerta cuando tocan clamores a enterarse de la hora del entierro no tiene sentido, igual no ves un alma por la calle.

Entonces, eran las vecinas y la familia quienes ayudaban a cerrar los ojos y la boca del muerto y a vestirlo, ya tenían preparado su traje enlutado para colocarlo en la caja, que, de antemano, sabían que solo hacía falta ir a buscar a la carpintería. Colocaban la caja en una habitación de la que habían sacado los muebles, ponían unas velas en la cabecera de la misma y alrededor sillas para recibir a quienes iban a dar el

pésame. Las mujeres de la familia vestidas de negro, las más allegadas con la cabeza tocada por el velo, se turnaban en las sillas bajas de enea colocadas junto al difunto.

En este momento, la pregunta es saber cuándo estará en el tanatorio. Ya no es necesario preparar la mortaja. La funeraria cuenta con especialistas en tanatoestética que se afanan en conseguir una imagen lo más próxima posible a la de la persona dormida. Luego el cuerpo queda envuelto en un sudario que es parte del entelado del ataúd. La caja queda en la urna, iluminada y llena de coronas y centros de flores, adornadas con cintas, tatuadas de mensajes de cariño y promesas de recuerdos.

El traslado a la iglesia es una caravana de coches desfilando tras la funeraria, que repartirá las flores a los allegados para que las metan a la iglesia, mientras el cura precedido de un voluntario que porta la cruz, se acerca a hacer un responso, antes de que la caja sea llevada a la iglesia.

En mis primeras imágenes era el sacristán quien acompañaba al cura y al son de la campanilla y unos rezos truculentos se acercaban a la casa del difunto para hacer luego el recorrido a la inversa y colocar la caja sobre un catafalco cubierto por una tela negra. Esa imagen tan tétrica armonizaba con la del cortejo enlutado.

Las diferencias son palpables y diríamos que las actuales son menos lúgubres. Lo que no cambia es el sentimiento de pérdida, de dolor, de vacío. Ese se sentía igual. El paso de los años no ha cambiado nada. Durante la ceremonia despedí a mi hermana en silencio, igual que lo hicieron aquella personas cubiertas con un velo tupido.

Gracias. Gracias a ti, en primer lugar, por habernos regalado tu compañía a lo largo de los años que hemos compartido y a los que hoy ponemos un broche. Gracias también a quienes con vuestra presencia testimoniáis el reconocimiento de los valores, de los que ella ha sido portadora a lo largo de su vida.

Hoy dejas un vacio muy grande, lo llenaremos de recuerdos, estarás presente en nuestros pensamientos y añoraremos ese espíritu de hacer la vida agradable a quienes tenías cerca. Respiramos orfandad, soledad, a nosotras nos dejas sin el faro de la hermana mayor. Y parafraseando a Cicerón, añadí que “la vida de los muertos consiste en la memoria de los vivos”. Y esa va a seguir muy viva.

Ya solo queda el último paseo. También ha cambiado, no hay monaguillo, que va haciendo sonar la campanilla, delante del cortejo. Vuelta a introducir a la difunta en el coche fúnebre y a recolocar las flores para desfilar a paso lento, acompañado del rezo del rosario hasta llegar al cementerio. En el pasado la caja era transportada a hombros por los hombres allegados y en el camino se hacían paradas, dejando reposar el féretro

en una mesa tocinera, cubierta de un paño negro. Las paradas se aprovechaban para dar relevo a los costaleros.

Ahora es frecuente depositar la caja en los nichos y la ceremonia se termina con la fijación de la tapa correspondiente con unas paletadas de cemento. Todo en riguroso silencio, con llantos que se dejan sentir. Antes, las cajas se bajaban ayudados por unas cuerdas a la sepultura que habían cavado a pico y pala, seguramente los mismos hombres que ahora habían llevado a hombros al fallecido. Ese ruido atronador de la tierra cayendo sobre la caja, también despertaba llantos, pero eran poco audibles. Ahora cuando alguien elige la tierra para su última morada, el ruido de la arena al envolverla, no necesita braceros, una máquina en menos tiempo y con menos esfuerzo hace la tarea.

Lo que no ha cambiado con el tiempo es la confirmación de que el regreso a casa es igual de triste. Toca aprender a vivir sin el finado.

Hace tiempo, los rituales no terminaban ahí, faltaban las tres misas de difuntos y el novenario de rosarios que se rezaba en la casa del muerto las nueve noches siguientes.

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