Han pasado décadas —vidas enteras, si queremos ser precisos— desde que el colegio Santo Tomás de Aquino fue nuestro universo, contenido entre cuatro paredes de ladrillo y sueños. Hoy, en la frontera de los setenta años, ya cruzada o a punto de cruzar, no nos reunimos para contar historias, sino para reconocer los restos del naufragio más hermoso del mundo: nuestra juventud. Ese es el tiempo que necesita la memoria para proyectar el rostro de 1968 sobre la piel surcada de 2026. En aquellas aulas, mientras afuera el invierno apretaba los dientes, nosotros descubríamos el mundo a través de los libros y del compañerismo.
La mirada sigue siendo la misma. La risa no ha perdido su sintonía, pese a las interferencias de la edad. No somos viejos amigos; somos jóvenes que llevamos muchos años juntos, anteponiendo la fraternidad a la cronología. Hay vínculos que se burlan de los relojes: una hermandad que no entiende de fechas, donde cada encuentro es, en esencia, una celebración de la vida compartida.
Sobre el mantel blanco no hay solo viandas, pan y vino. Los antiguos alumnos volvemos a mirarnos a los ojos. También hay ausencias que ocupan sillas invisibles: compañeros que se adelantaron en el camino y a quienes mantenemos vivos en el recuerdo —Félix Mallén, Rustarazo, Espada, Caldera, Dastis, Goyo, Vega, Eleuterio…—. Honrar su memoria es una forma de resistencia contra el olvido. Sus risas y sus voces forjaron una unión que ni siquiera la muerte ha podido romper del todo.
Al sentarnos a la mesa, dejamos de ser el abogado, el economista, el agricultor, el médico o el abuelo: volvemos a ser, por unas horas, los chavales que paseaban por la calle Las Tiendas, que subían al cerro de Santa Lucía y a los castillos, que jugaban a las cartas en el bar La Granja o en El Mocambo, que probaban suerte a la rana en el bar del frontón y comían bocadillos de mejillones de lata. Somos, en definitiva, el niño que nunca hemos dejado de ser.
Eran tiempos de maletas de cartón, de colchones de lana, de cartas escritas a mano que tardaban días en llegar. Tiempos de estudio vigilado y silencio riguroso. Tiempos de una vida marcada al toque de silbato. Mientras en París estallaba el “Mayo del 68”, en la España de entonces se vivía el desarrollismo franquista, que en nuestros pequeños pueblos tenía poco de desarrollo y mucho de esfuerzo y sacrificio.
Cuando pienso en el internado, acude siempre a mi memoria aquel viaje iniciático de un niño de once años junto a su madre, en el coche de línea de El Pobo a Molina: una distancia breve en lo físico, pero inmensa en lo emocional. Fue, en realidad, un cruce hacia un universo desconocido, un salto hacia una madurez que llegó sin avisar, impuesta por la necesidad de un futuro mejor.
Para ese niño que subía al autobús en octubre de 1968, dejando atrás el calor del hogar y el eco de un pueblo de trescientas almas, el internado no era solo un colegio: era el fin de la infancia protegida. Había crecido corriendo por las calles de El Pobo de Dueñas, donde cada rostro le era familiar; llegar a Molina no fue solo cambiar de pueblo, sino desembarcar en una suerte de metrópoli desconocida, un mundo donde todo parecía multiplicado. Se sentía una pieza diminuta en un engranaje inmenso, como si el mundo se ensanchara de golpe. Años después visité Nueva York y no experimenté una sensación semejante.
Allí estaban la disciplina del internado, el rigor de los horarios, la distancia afectiva, la ausencia de la mano protectora de la madre y de la mirada del padre. Pero también estaba la camaradería —a veces forzosa— con otros niños que compartían los mismos miedos. Lejos del amparo familiar, uno aprendía a crecer por necesidad, encontrando en los compañeros —hermanos de destino— el apoyo para sobrellevar la nostalgia. A los once años aún se habita en una geografía de certezas; el internado obligaba a mirar hacia dentro y a descubrir una fuerza que permanecía desconocida. Era, en cierto modo, una fábrica de adultos prematuros. Cuando más tarde hice el servicio militar, no sentí una dureza mayor: era como volver al internado, aunque con menos temores.
En estas comidas que celebramos cada año recordamos a nuestros profesores con una reverencia casi ancestral: ellos nos enseñaron que ser de pueblo no era un límite, sino una raíz desde la que crecer. Tampoco olvidamos a nuestros padres y abuelos, muchos de ellos apenas alfabetizados, que se sacrificaron para que nosotros pudiéramos estudiar y labrarnos un porvenir.
Muchos partimos hacia la ciudad; otros permanecieron en la casa familiar, fieles a la tradición y al trabajo de la tierra. Pero hoy todos hablamos el mismo idioma: el de la infancia compartida. Es ley de vida que los caminos se separen, pero el internado y el instituto fueron la raíz común. Ese recuerdo sigue siendo un puente que custodia lo que fuimos.
Durante el encuentro no faltan las anécdotas de aquellos años. Se repiten, año tras año, y sin embargo nunca pierden su gracia. Los de mi curso recordamos a José Bayo, que, en un alarde de valentía —o temeridad—, ganó una apuesta durmiendo en el tejado en una fría noche de invierno. También evocamos a Refusta, alumno sui generis de primero de bachillerato, quien, con su habitual excentricidad, le dijo al profesor de Ciencias Naturales, don Conrado, que tenía un gallo que había puesto un huevo; a lo que el profesor, con su solemnidad característica, respondió: «Chaval, si naces en Navidad, naces pavo».
¿Qué queda del Santo Tomás de Aquino en quienes hoy rondamos los setenta años? Queda la curiosidad indomable que se forjó en sus aulas; el carácter, templado por la disciplina y suavizado por la experiencia; y el refugio de la memoria, ese rincón íntimo donde, pase lo que pase, seguimos teniendo quince años. A esta edad, la mirada ya no persigue el futuro con prisa.
Y al final, cuando el café se enfría y los abrazos de despedida se alargan —porque a los setenta años cada adiós encierra una promesa incierta—, salimos a la calle, al frío del Gallo y los Adarves, con el paso firme. No más firme por el vino, sino por la certeza de que el Santo Tomás de Aquino no fue solo un lugar donde estudiamos y vivimos, sino parte esencial de lo que somos.
Por los que estamos, por los que se fueron y por esa eterna juventud que hoy, entre platos y recuerdos, ha vuelto a florecer. Por el Santo Tomás de Aquino, por Molina de Aragón, por los pueblos de la comarca y por todos los lugares de origen de quienes compartieron con nosotros aquellos años.
Y ojalá nuestro buen amigo y compañero Antonino siga convocándonos durante muchos años más.
José Ramiro García
