Cuando la tierra se quema en la “Laponia del Sur”: lecciones del incendio en la comarca de Molina de Aragón.

Por José Ramiro García

 

El reciente incendio forestal iniciado en la zona de Selas, que se extendió rápidamente hasta afectar a términos municipales como Aragoncillo, Pardos, Torrubia, Tartanedo, Establés tiñó el cielo de humo en muy poco tiempo y nos trajo a la memoria lo vulnerable que son ciertos territorios que están dejados de la mano de Dios.

Para entender cómo una chispa devora miles de hectáreas en cuestión de horas, no basta con mirar al viento ni al termómetro; hay que mirar a las calles vacías de los pueblos. La tragedia de este incendio es también el síntoma de una enfermedad crónica: la despoblación. El fuego no siempre necesita más calor para ser devastador; necesita combustible continuo y seco. La despoblación proporciona exactamente eso.

Donde antes había rebaños limpiando montes (los bomberos de cuatro patas), pastores marcando senderos y familias aprovechando la leña, hoy reina un silencio denso y un monte abandonado a su suerte. Proteger a agricultores y ganaderos es, en la práctica, financiar infraestructura de prevención contra incendios.

La falta de mantenimiento preventivo y de una gestión forestal continuada convierte los pinares, los sabinares y el territorio rural en general en auténticos polvorines. La acumulación de biomasa seca no es azar natural: es la consecuencia directa de un territorio que ha ido perdiendo a la gente que lo cuidaba día a día. Sin manos que trabajen el monte, sin recursos, el terreno deja de ser un recurso vivo para convertirse en una trampa de combustión. Durante siglos, la actividad humana tradicional mantuvo el monte limpio de manera natural. Decía Miguel Delibes en 1975: “¿qué será de un paisaje sin hombres que en él habiten de continuo y que son los que le confieren realidad y sentido?”.

Nuestra comarca perdió a mucha de su gente, que emigró en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado a las grandes ciudades en busca de una salida laboral que el campo y la ganadería no ofrecían. Durante décadas, el éxodo rural dejó el campo expuesto. Sin gente en los pueblos y sin un sector primario fuerte, el monte se convierte en un polvorín.

Muchos de los que se fueron conservaron la casa de sus antepasados, donde regresan en vacaciones, o para las fiestas, o cuando se jubilan, y

junto a los pocos agricultores y ganaderos que permanecen hace que se mantenga todavía una llama viva de resistencia.

En medio de la emergencia, cuando las columnas de humo amenazaban con devastar las fincas y aproximarse a las casas, emergió la respuesta más primaria y valiente de esa llama de resistencia: sus agricultores, aquellos que se quedaron porque eran incompatibles con las luces y el asfalto de la ciudad.

Sin dudarlo, al primer aviso, decenas de vecinos salieron a los campos montados en sus tractores. Con las vertederas y los cultivadores listos, trazaron cortafuegos improvisados sobre la tierra seca, arando contrarreloj para arrebatarle el alimento al avance del fuego. Su conocimiento del terreno y su determinación protegió masas forestales y áreas habitadas donde los medios oficiales aún pugnaban por llegar.

Fue el reflejo incondicional de quien no defiende solo una propiedad, sino la tierra que lo vio nacer. Para un agricultor, la tierra no es un activo en un balance; es un vínculo vital, la tierra no es un bien que se amortiza, es un cordón umbilical. Para quien ha nacido allí el horizonte entero-los montes de Selas, Aragoncillo, Tartanedo, Torrubia, Establés o de cualquier pueblo que hablemos, los caminos de concentración, los ribazos- es como si fueran el patio de su casa. Arde el monte y arde su propio hogar. Apagar el fuego no es salvar las cosechas futuras, sino defender la memoria física de quienes sudaron esa tierra antes que ellos. Apagar el fuego es evitar que se queme la identidad colectiva. El fuego no amenaza solo al patrimonio personal, amenaza con borrar de un plumazo la geografía de su propia vida.

En los días de después las cenizas acabarán por enfriarse, pero el debate debe permanecer encendido. Salvar el patrimonio natural de la comarca de Molina de Aragón y en general de toda la España vaciada del interior peninsular no consiste únicamente en apagar fuegos en verano, que también, sino en habitar la tierra durante el invierno. Exige fijar población, apoyar al sector primario, bastante degradado últimamente, reactivar la ganadería extensiva y dotar a la sierra de una gestión forestal con medios adecuados, digna y constante. Dirán desde la Administración Pública que mucho de eso ya se hace, pero la verdadera realidad es que se puede hacer muchísimo más y con toda seguridad los incendios bajarían.

Quedó el pino hecho carbón y la sabina

de luto,

donde ayer cantaba el viento hoy solo

abraza el silencio.

Gritó la tierra en Selas y respondió

Torrubia en humo,

mientras el arado humilde le robaba el

paso al fuego.

No quema solo la llama, quema también el

olvido,

la calle donde no hay niños, la senda que

nadie pisa.

Pero bajo la ceniza latirá el verde

escondido,

esperando a que las manos vuelvan a ser

su brisa.

Llegarán las primeras lluvias a lavar

el desgarro,

a despertar la semilla que la llama no

pudo vencer,

y entre el pino quemado y el perfil del

guijarro

surgirá un verde tierno prometiendo

volver.

Es la esperanza terca que en la comarca

se queda,

la certeza invisible de que nada se

apaga del todo,

mientras haya una mano que arañe la

vereda, la tierra brotará, victoriosa, del lodo.

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