Mis orígenes están tejidos con la esencia misma de la memoria: el pueblo, la casa familiar, mis abuelos, mis padres, los amigos de la infancia, la escuela, el instituto. Son también esas casualidades agridulces que, sin que apenas lo advirtiéramos, nos conducen por caminos inesperados. Los orígenes constituyen un sentimiento de pertenencia al que hemos contribuido voluntariamente y cuyas referencias, aunque humildes, nos definen con precisión. Son, en definitiva, un alegato contra el olvido, un puente que atraviesa los límites del tiempo.
El pueblo permanece siempre ahí, en su sencilla evidencia, marcando para siempre a quienes nacimos en él. Apenas un centenar de habitantes que nunca se sintieron extraños en ese lugar, que no llegaron de fuera y que han pasado allí la mayor parte de su existencia. Muchos de ellos no se irán jamás; su vida concluirá donde comenzó, y con ellos desaparecerá también un modo de vida radicalmente distinto al de las grandes ciudades. Han sobrevivido a las durezas de la vida; por eso, la muerte parece casi un trámite menor. Esos hombres y mujeres que hoy transitan el ocaso de sus días fueron el pilar del mundo rural, encarnación de la honestidad y la dignidad. Haber nacido allí se convirtió, sin más mérito que el azar, en un rasgo diferenciador. Es el lugar al que siempre vuelvo. Es uno de los recuerdos que permanece más vivo en mi memoria. Y aunque el pueblo nunca volverá a ser lo que fue, conservará siempre el aroma persistente de su pasado.
Cuando salgo a la puerta de la casa familiar contemplo el espectáculo callado de la vida ajena: la vida verdadera, que fluye incesante como el agua del río. Gentes hacendosas y humildes que sostienen el mundo con su trabajo silencioso. Es como si levantara acta de cuanto observo: el viejo reloj del ayuntamiento, cuyo inaudible tic-tac reconforta; el tañido grave de las campanas; los zaguanes en penumbra; los rincones hondos que guardan secretos. Como paseante incansable y observador silencioso, sigo el curso pausado del regacho de la charca, los campos alineados en surcos paralelos, las tierras agostadas por el sol, los bancales que se suceden hasta perderse en el horizonte.
Cuando regreso, recorro los mismos caminos de la infancia. Son itinerarios de percepciones y sueños que rozan lo que fue real. Ahora, sin embargo, advierto otra escena: casas vacías, calles silenciosas, un paisaje suspendido en un pasado sin futuro. A veces no se ve un alma; el tiempo parece haberse disuelto. Lo que contemplo no es sino la pérdida de vitalidad del lugar donde nací.
La mirada —como el sueño o el pensamiento—, cuando merodea por el entorno propio, se identifica sin esfuerzo con los primeros años de vida. Recuerdo las largas noches de invierno, siendo apenas un muchacho, alrededor de la lumbre de la vieja cocina, junto a las varas de chorizos y morcillas de la matanza. Escuchaba a los mayores con los brazos cruzados, asintiendo con discreción, esbozando una sonrisa leve y respetuosa. A veces me pregunto qué queda de aquel mundo. Probablemente solo el recuerdo. ¿Cómo fue posible allí la felicidad? Y, sin embargo, lo fue.
En aquellas reuniones en torno al fuego, en las que se hablaba de todo, la gente mayor se resarcía de las obligaciones y sinsabores del día a día con bromas y risas, ante la mirada asombrada de los niños. Yo observaba la conversación con gran atención, y la percibía con ese suspense que se va adentrando y que se va a resolver más adelante,
creándome una tensión interior que hacía que no pudiera despegar los ojos y los oídos de la narración en curso.
No necesito justificar por qué ya no vivo en el lugar de donde procedo, aunque siento que lo hago constantemente, casi como si pidiera disculpas. Acaso porque la historia de mi pueblo, El Pobo, y la fortuna —o el destino— que me correspondió de niño me han dejado una deuda moral: la de contar historias. Incluso cuando no pretendo escribir sobre él, siempre regreso a ese origen.
Por el ancho mundo el camino me llevó. Caminé siguiendo mi destino, llevándote en el corazón. Siempre me has sido querido, amado pueblo mío.
Cuando vuelvo a la casa familiar —grande, antigua, sumida en silencio— me pregunto qué hago allí. No sé qué espero encontrar, pero me invade una paz extraña, un vacío sereno acompañado de un sentimiento atávico de refugio. Recuerdo a mi madre joven, enérgica y rápida; y la recuerdo también en la quietud de la vejez, sentada junto a la ventana, observando el paso de la vida. Pese a su fragilidad, su cabello blanco proyectaba aún una autoridad indiscutible.
En aquella casa no hubo lujos. Desde muy temprano aprendí el valor del esfuerzo y del trabajo. Siento orgullo por lo creado y heredado, aunque se desvanezca ante mis ojos. No soy más que un testigo accidental de un patrimonio común.
Evoco a mi abuela calentándome las manos en los inviernos helados, a mi madre arropándome por las noches. El frío se combatía con ropa gruesa, con botellas de agua caliente en la cama; solo la cocina, con su estufa de leña, ofrecía abrigo. El resto de la casa parecía Siberia. En verano, en cambio, el sudor acompañaba las faenas del campo: la siega, el acarreo, la trilla.
Aquel pasado rural evoca sencillez y dureza, una vida en íntima comunión con la tierra. Era tiempo de mulas y gallinas, de huertos y nidos; de escasez económica y religiosidad impuesta; de juegos simples y ropa remendada. Era la España del botijo y la alpargata, donde el cura, el alcalde y el maestro formaban la tríada moral. Fue también el tiempo en que el campo se vació para alimentar el crecimiento industrial de las ciudades, sembrando las raíces de lo que hoy llamamos la España vacía.
Mis abuelas y mi madre pertenecieron a una generación de mujeres abnegadas, entregadas al hogar y al campo, poco dadas a hablar de sí mismas. Vestían de negro, con el pañuelo anudado al mentón, y sostenían con firmeza la vida cotidiana. Mis padres y abuelos apenas salieron del pueblo: allí echaron raíces y allí reposan. Honrar su memoria no es nostalgia, sino un ejercicio de responsabilidad. Los vivos debemos dar voz a los ausentes.
Nuestros antepasados no son solo nombres: son legado, cultura y pertenencia. Ahora somos nosotros quienes ocupamos el lugar de aquellos mayores que un día observábamos. Como recordaba el viejo epitafio: “mira que el que va delante avisa al
que va detrás”. Y como escribió Cicerón, la vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos.
Vivimos hoy en una época de abundancia material, muy distinta a la escasez que conocieron nuestros abuelos. Y, sin embargo, pese a disponer de las mejores condiciones de vida de la historia, el malestar y la insatisfacción parecen extenderse como una sombra. Nada parece colmarnos.
La escuela rural fue el nido de los primeros aprendizajes y amistades, garante del derecho a la educación en medio del campo. El paso al instituto supuso un cambio decisivo: nuevos horarios, mayor exigencia, incertidumbre inicial que pronto se tornó hábito. Después vinieron la universidad, el servicio militar, la docencia, y casi sin advertirlo, la jubilación. Como escribió Pablo Neruda, aquí estoy viendo pasar la vida, agradeciendo los años vividos y abrazando con amor los que aún quedan por vivir.
Los recuerdos —como los sueños— nos revelan en nuestra verdad más honda. Son un faro contra el olvido, un diálogo continuo con nosotros mismos. Se entremezclan con el presente y nos permiten soltar los lastres acumulados.
Quizá nos hemos dejado arrastrar por culturas lejanas, olvidando nuestros saberes ancestrales. Tal vez el retorno a lo local, a una vida acorde con la naturaleza —como proponía el estoicismo de Zenón de Citio— podría ofrecernos un horizonte más sensato.
Mirados desde la distancia, los orígenes y los recuerdos son realidades vivas y, al mismo tiempo, efímeras. La memoria posee un prisma que magnifica y embellece cuanto toca. ¿De dónde nace ese hechizo? ¿Por qué lo vivido se agiganta en el recuerdo?
Acaso porque, en el fondo, somos memoria que camina.
JOSÉ RAMIRO GARCÍA.
